Todo lo que usted quiso saber sobre el mambo

Por  Radamés Giro

Cuando el serio y bien vestido compositor cubano Dámaso Pérez Prado descubrió la manera de ensartar todos los ruidos urbanos en un hilo de saxofón, se dio un golpe de estado contra la soberanía de todos los ritmos conocidos…

Gabriel García Márquez, 1951.

 

 El mambo es quizás el género más controvertido de la música popular cubana. Si ya nadie cuestiona a Miguel Failde como creador musical del danzón, ni a pepe Sánchez como el que le dio la forma definitiva al bolero cubano; ni a Aniceto Díaz y Enrique Jorrín como creadores del danzonete y el cha-cha-cha respectivamente, no sucede lo mismo con el mambo. ¿Por qué? Eso es lo que trataré de explicar, pero, adelanto, desde ahora, que más me interesa fijar los detalles que descubrir nuevos hechos, aunque del conjunto siempre podamos sacar algunas conclusiones. Comenzaré por ordenar las discusiones sostenidas durante más de cuarenta años acerca del origen de la palabra mambo, de las características del mismo, y de su inventor.

Un primer acercamiento al problema nos lo ofrece el director de orquesta y compositor Obdulio Morales, para quien mambo es una voz espontánea, “una expresión, un grito de un bailador durante un mambo cualquiera y fue repetido por los demás bailadores hasta patentizarse".  [1]

A este punto de vista de Morales, que data de 1948, responde musicólogo y pianista Odilío Urfé el mismo año: «En la ceremonia vodú que practica la gran mayoría del pueblo haitiano, llámasele mambo a la sacerdotisa que oficia ese acto religioso»; y en otra parte de esta definición: «Mambo es una expresión muy común entre los colombianos (individuos que practican la rumba columbia), y significa eficiencia, exigencia, asentimiento en la acción de ejecutar una columbia.» Después afirma: «Talo mambo es un toque de raíz africana, raramente oído en la actualidad»; y concluye Urfé: «Mambo es el título de un danzón del compositor popular Orestes López... ».[2]

El tresero y compositor matancero Arsenio Rodríguez, nada sospechoso de teórico, hace algunas precisiones sobre en qué zona de la cultura africana -que Urfé había apuntado antes‑ se origina la palabra que venimos dilucidando:

Los descendientes de congos tocan una música que se llama tambor de yuca y en la controversia que forman uno y otro cantante, siguiendo el ritmo me inspiré y esa es la base verdadera del mambo. La palabra mambo es africana, del dialecto congo. Un cantante le dice al otro: «abre cuto güiri mambo», o sea: «abre el oído y oye lo que te voy a decir». La idea me vino porque había que hacer algo para buscarse el «conocimiento», y pensé que uniendo estas cosas podría resultar una música extraña para bailar. Lo primero que compuse en este estilo fue Yo soy kangá; el primer «diablo» o mambo que se grabó en discos fue So caballo.[3]

Cuarenta años después, Dámaso Pérez Prado expresará: «Mambo es una palabra cubana. Se usaba cuando la gente quería decir Cómo estaba la situación: si el mambo estaba duro era que la cosa iba mal... Me gustó la palabra... Musicalmente no quiere decir nada, para qué le voy a decir mentira. Es un nombre. Hasta ahí no más”.[4]  Pero, como hemos visto, las palabras si tienen un significado, y mambo tiene el suyo, pues según Joseito González, ex director del conjunto Rumbavana, mambo llamaban «los músicos a la glosa de cuatro u ocho compases, que se repite en el estribillo de los metales».

Mariano Pérez, en su Diccionario de la música y los músicos, define al mambo como un baile «latinoamericano en 2/4 que ha hecho popular desde 1943 el cubano Pérez Prado».[5]  Sin embargo, en 1943 todavía Pérez Prado no ha salido de Cuba, ni ha creado ningún mambo. Es curiosa esta otra definición que se sale del ámbito musical: «algunos dicen que es mambo lo único, lo relevante, lo inaudito».[6] La siguiente opinión de Odilio Urfé parece ser concluyente en la polémica sobre el origen de la palabra mambo: 

El fenómeno musical popular denominado mambo siempre ha existido, sólo que con distintos nombres. Una vez se llamó guajeo, otra montuno o estribillo; ahora mambo. Se ha producido desde los orígenes de nuestra música por ser, desde el punto de vista formal, la expresión más primitiva, ya que es la «anarquía dentro de un tempo»[7]. 

Admitamos, por lo pronto, que de todas las versiones sobre el origen de la palabra mambo, la que más se ajusta a la verdad es la de Arsenio Rodríguez, quien coincide con Urfé en cuanto a su filiación africana, aunque Arsenio precisa que es de origen congo[8] Otro aspecto no menos cuestionado del mambo es su característica rítmica. El periodista Manuel Cuéllar Vizcaíno plantea por vez primera el problema: «el mambo no es otra cosa que una guajira‑son»; a lo que Antonio Arcaño, interrogado por él, agrega: 

El mambo es un tipo de montuno sincopado que, posee la sabrosura rítmica del cubano, su informalidad y su elocuencia. El pianista ataca en el mambo, la flauta lo oye y se inspira, el violín ejecuta en doble cuerda acordes rítmicos, el bajo le adapta el tumbao, el timbalero repica con el cencerro, el güiro rasguea y hace el sonar de las maracas, la indispensable tumba corrobora el tumbao del bajo y fortalece el timbal.

Y cuando Cuéllar Vizcaíno acude a la autorizada opinión de Obdulio Morales, este precisa: 

El mambo no es más que una guajira‑son en su parte melódica, protegida por un acompañamiento rítmico poderoso. Es lo que era antes «montuno» o «estribillo», pero con otro vigor. La base rítmica divide el compás en cuatro medios tiempos fuertes, formando un ostensible contraste con la melodía del son montuno, constituida por una serie de sincopaciones.[9] 

Mientras Manuel Cuéllar Vizcaíno en su análisis permanece en el marco de la orquesta tipo charanga, Pérez Prado acerca el problema al formato instrumental que ya venia utilizando en sus orquestaciones desde los tiempos de la Casino de la Playa: «Es sincopado [el mambo]: los saxofones llevan la síncopa en todos los motivos, depende de la estructura de la orquesta: si es saxofón o trompeta. La trompeta lleva la melodía y el bajo el acompañamiento, combinado con bongoes y tumbas... de esa combinación de música y ritmo nace el mambo.»[10]

La musicóloga María Teresa Linares apunta: 

... el bajo sincopado del [ ... ] danzón Mambo dio origen, por una parte, al género bailable llamado mambo, creado por Dámaso Pérez Prado, y por otra al chachachá, creado por Enrique Jorrín. [ ... ]. En este tipo de danzón de nuevo ritmo se eliminaba a los cantantes que las orquestas habían incorporado para cantar danzonetes.[11] 

Importa aquí hacer algunas precisiones: en primer lugar, el bajo en el danzón de nuevo ritmo no es sincopado, sino que «lleva un tumbao que acompaña a la síncopa del ritmo, la tumbadora hace su toque y el timbal da el toque en el cencerro: ahí es donde la flauta le da ánimo al baile. Ese es el secreto del mambo».[12] Por otra parte, Pérez Prado sólo tomó del danzón Mambo el título; asimismo en el danzón de nuevo tipo no se elimina a los cantantes por motivos de estructura de la orquesta sino porque estos en determinado momento tuvieron una fama que estaba por encima de la agrupación, y cuando decidían abandonarla esta sufría una momentánea merma de su popularidad; por tal razón se decidió suprimir a los cantantes de la charanga de Arcaño y también de otras de la época. Sin embargo, si podemos considerar al danzón de nuevo ritmo un antecedente inmediato del chachachá ‑cuya diferencia, entre otras, es la inclusión de partes cantadas por músicos de la orquesta, y, después, la presencia de dos o más cantantes‑, mientras que en realidad el mambo no tiene un ritmo característico, sino el cruzamiento de varios.

La polémica que hemos venido comentando se agudiza cuando se intenta definir quién inventó el mambo, pues según Arcaño: 

Ya con los mambos de Orestes López la charanga dio un cambio: al final del danzón, Jesús (que a pesar de su gran técnica era muy sonero) hacia un solo de piano y «entregaba» a la orquesta con los golpes, para que entrara yo con la flauta a inspirar, a hacer «floreos». Con el mambo, el timbalero sólo daba un golpe a tiempo en la campana, no hacía cinquillo sino un movimiento rítmico, por eso introduje la tumbadora [ ... ].[13] 

La tumbadora, que Arcaño utiliza con el fin de sustituir el baqueteo del timbal o hacer el acompañamiento, innovación que llama nuevo ritmo, también resultó importante instrumento en la transformación de los septetos de son en conjuntos, y fue Arsenio Rodríguez quien por vez primera la empleó en ese formato, en tanto que Chano Pozo la llevó a las bandas de jazz.

Siguiendo el hilo de los acontecimientos, Odilio Urfé afirma que 

Antonio Arcaño logró generalizar entre la mayoría de las charangas la costumbre de «hacer» mambo en los últimos tríos de los danzones que se ejecutaban y es erróneo que se diga que fue el «creador» de ese estilo. Cierto es que Arcaño y sus músicos, con colaboración inconsciente de otras agrupaciones musicales, llegaron, por la práctica sistemática del uso y abuso del mambo, a «ordenar» su presencia, desarrollo y fin en el danzón de esta época.[14] 

Y es el propio Urfé quien trata de dar una definición musical del mambo:

...La palabra mambo se emplea erróneamente aun por músicos entendidos, al referirse al caso en si. He podido apreciar pocas veces el hecho musical al cual se le debe llamar mambo. Para que se produzca el mambo se requiere, fundamentalmente, que todos los que participan en su formación actúen en forma ajena a lo que se tiene escrito. Más claro: todos deben ejecutar «lo que no está escrito dentro de lo que está escrito».[15] Por otra parte, para obtener un genuino mambo los instrumentistas deben emplear solamente en el «clímax» o «nudo» efectos rítmicos. Ritmo contra ritmo. Nada de tonadas ni melodías definidas. No debe haber ritmo fijo en ningún instrumentista. Anarquía ordenada. Una cosa es un guajeo sincopado, que es lo que hace la mayoría de las orquestas, como la de Antonio Arcaño; otra cosa es el diablo, y otra cosa es el mambo. La culminación del verdadero mambo es el Manzanillo, que ejecuta Joseíto Valdés con su orquesta Ideal: es aquí donde con más frecuencia se logra el verdadero mambo. Valdés ha creado un estilo de ejecutar el mambo en la flauta a base de notas contra notas, muchas veces una sola en un compás, y guía a sus músicos al hacerlo en sus instrumentos hasta crear esa «anarquía rítmica»[ ... ] [16] 

En 1979, treinta y un años después de lo aquí expuesto, Urfé manifestará un criterio que en parte difiere del de 1948: 

El danzón Mambo, escrito en 1935 [17]sobre un motivo sincopado muy usual por los treseros de Son para dar comienzo a una interpretación cualquiera, vino a tocarse concierta frecuencia después de 1939, pero es innegable que su «montuno» de ondulante balanceo rítmico, estuvo influyendo en la composición de otros danzones creados por los hermanos López.

Es el danzón Se va el matancero (1940), de Israel López, «Cachao», contrabajista de la orquesta de Arcaño, el que consagró definitivamente el «ritmo» del mambo como el final de danzones, pues López utilizó los elementos melódicos y rítmicos que cada músico de la orquesta habían delineado en una admirable conjunción aleatórica, para componer el espectacular trío final en estilo mambo.[18] 

No menciona ahora el danzón Manzanillo, de Joseíto Valdés, que antes había citado como la «culminación del verdadero mambo».

Según otros investigadores, el mambo es lo que hacía Arsenio Rodríguez, pues las trompetas ejecutaban ocho compases en el montuno que se llamaban masacote y se daba un grito: diablo, y de ahí partió Pérez Prado para escribir sus primeros mambos. Pero para el compositor y pianista Juan Bruno Tarraza, el mambo no es más que la combinación de ritmos cubanos y americanos, que se inspira en el boogie‑woogie; de acuerdo con él, se puede tocar un boggie-woogie con maracas, bongoes y tumbadora y ya se tiene un ritmo de mambo perfecto, pues todo el figurado del mambo es sincopado, y sólo se puede hacer por los metales: saxofones, trompetas y trombones, sin que haya lugar para las cuerdas.

La revista neoyorkina Canales afirma en 1989 que cuando Pérez Prado llevó el mambo a Nueva York, lo fundió con la música psicodélica; mientras que Orestes López plantea una diferencia esencial entre el mambo del matancero y el suyo: «El de Pérez Prado es de exhibición, de pista; el mío es de salón, de colectivo ].»[19]

 

El musicólogo Leonardo Acosta asegura que en realidad el mambo «estaba en el ambiente», pues varios músicos cubanos, norteamericanos y puertorriqueños «experimentaban con ritmos, melodías y armonías que luego serían sellos del mambo»,[20] pero no todos tuvieron que ver con esos «sellos del mambo». Orestes e Israel López, con la charanga de Arcaño, hicieron un tumbao que tenía un ritmo característico de esa orquesta y otras del mismo tipo, mas no del mambo a lo Pérez Prado; por su parte, Arsenio Rodríguez cambiaba el formato de los septetos de son, pues empleaba piano, tumbadora y tres trompetas, lo que dio lugar al nacimiento del conjunto; mientras, otros músicos también creaban y experimentaban: Bebo Valdés (padre del ritmo batanga), el Niño Rivera, julio Cueva con su orquesta y, en particular, su pianista René Hernández, quien luego, en Nueva York, introdujo los elementos del mambo (que ya conocía de Pérez Prado) en la or­questa de Machito y sus Afro‑Cubans; Chico O'Farrill, como orquestador de la Casino de la Playa, labor que compartía con Pérez Prado (que posteriormente pasaría a ser pianista de dicha agrupación), en tanto que las orquestaciones de Pérez Prado tomaban un nuevo derrotero: era el mambo que ya habían cuajado en la mente del genial compositor matancero. Para entonces, Dámaso Pérez Prado se había convertido, por sus audaces orquestaciones, en blanco de los ataques no sólo de los timoratos empresarios ‑si es que se les puede llamar así‑ de la industria del disco, sino también de algunos norteamericanos que comercia­lizaban la música cubana. Rosendo Ruiz Quevedo recuerda que a mediados de la década del 40 visita a La Habana, en viaje de trabajo, Fernando Castro, «representante de la División Latina de la Southern Music Co. & Peer International», y que a petición suya

se convoca a un grupo de compositores y orquestadores en las oficinas de la sucursal cubana de la Peer para escuchar la informa­ción de la que era portador el señor Castro [ ... ]. Fernando Castro planteó que «... la música popular cubana estaba siendo adulterada y corría el riesgo de perder sus valores originales». Como causa princi­pal señaló las «extravagantes» orquestaciones que ( 'muy especialmente en el formato de las orquestas tipo Jazz band venían realizando algu­nos «arreglistas». Y sin otra aclaración, expresó se había tomado la medida de que «a partir de aquel momento, ningún creador musical adscripto al consorcio que él representaba, podía entregar su música a Dámaso Pérez Prado, para orquestarla... »."[21]

 Fernando Castro olvidó decir, en su «brillante» alegato, que el principal adulterador ‑cuando no edulcorador‑ de la música cubana era el catalán Xavier Cugat, quien tomó a manos llenas (y de paso llenó sus bolsillos) la música cubana y la «simplificó» para hacerla comprensible a un público ávido de bailarla, aunque no estaba apto para hacerlo al ritmo y en la forma en que la ejecutaban nuestras orquestas. A Pérez Prado se le negaba lo que se le permitía al «insigne» catalán del bisoñé y el perrito, cuando acaso el cubano tenía más derecho y talento para transformar en algo nuevo la materia conocida, tal como había hecho Mario Bauzá en el mismo escenario en que actuaba Cugat; pero esto era un «pecado» que la Peer no estaba dispuesta a permitir. La misma Peer que años después publicará las partituras de las obras de Pérez Prado (simplificadas), que, al parecer, ya no eran tan dañinas: ahora dejaban dinero.

Esta restricción, más algunas incomprensiones del medio musical cubano de la época, determinaron que Pérez Prado buscara otro ambiente que le permitiera desarrollar sus nuevas ideas musicales; México fue el país escogido, al cual llega en octubre de 1949. Ese mismo año graba para la Víctor el disco titulado José y Macamé, concebido dentro de una estructura clásica que, por eso mismo, no surtió el efecto que su autor esperaba; sin embargo, el camino estaba expedito: la grabación de Mambo número 5 y Mambo, qué rico el mambo, le abrió las puertas del éxito. De ahí en lo adelante nada lo detendrá: formó su propia orquesta, que sería solicitada por los mejores clubes nocturnos de México; actuó en teatros y revistas, y en el cine; la RCA vendió miles de discos con mambos y el nuevo ritmo comenzó a ser solicitado por otros países de América Latina y Estados Unidos. La bailarina Tongolele («El futuro está en el mambo: Tongolele debe ser ministro», dice Lisandro Otero en su novela La situación) y Pérez Prado coparon el interés del público mexicano, y sus espectáculos eran cada vez más concurridos; mientras, la vedette Ninón Sevilla hacía las primeras figuras coreográficas del género.

Los que acusaron al mambo de ser una «música salvaje» o sólo digna de «arranques caníbales», desconocieron los valores de la música del mambo y su modernidad, en función de los cuales Pérez Prado puso en juego toda su originalidad como orquestador y compositor, al frente de una orquesta con músicos de indudable calidad. No por, casualidad un musicólogo tan conocedor de los adelantos técnicos y del rumbo de la estética de la música como Alejo Carpentier, aseveraba en 1951: 

Soy partidario del mambo, en cuanto este género nuevo actuará sobre la música bailable cubana como un revulsivo, obligándola a tomar nuevos caminos. Creo, además, como esos otros mambistas convencidos, que son Sergiu Celibidache, Tony de Blois, Abel Vallmitjana y otros, que el mambo presenta algunos rasgos muy dignos de ser tomados en consideración: 1. Es la primera vez que un género de música bailable se vale de procedimientos armónicos que eran, hasta hace poco, el monopolio de compositores calificados de «modernos» ‑y que, por lo mismo, asustaban a un gran sector del público. 2. Hay mambos detestables, pero los hay de una invención extraordinaria, tanto desde el punto de vista instrumental como desde el punto de vista melódico. 3. Pérez Prado, como pianista de baile, tiene un raro sentido de la variación, rompiendo con esto el aburrido mecanismo de repeticiones y estribillos que tanto contribuyó a encartonar ciertos géneros bailables antillanos. 4. Todas las audacias de los ejecutantes norteamericanos de jazz, han sido dejadas muy atrás por lo que Celibidache llama «el más extraordinario género de música bailable de este tiempo».[22]

 

Tampoco es casualidad que músicos tan bien dotados como Stan Kenton, Dizzy Gillespie y Artie Shaw, ofrecieran sus aplausos al mambo y a su creador.

 

En otro orden de cosas, siempre que se habla de las influencias de Pérez Prado como compositor y orquestador, se menciona a Stan Kenton, aunque casi nunca se profundiza en el tema. Es indudable que cuando Kenton graba en 1947 El manisero, de Moisés Simons, hace una orquestación que «tiene en sus disonancias ‑de segundas menores proyectadas en el registro agudo por las trompetas‑ toda la característica mambolera que Pérez Prado empleaba en los suyos»[23] antes y después de consagrado su ritmo a nivel internacional. Observemos, sin embargo, con Marshall W.  Stearns, que el 

... parecido [ ... ] es superficial. En los arreglos de Prado, la sección de metales de seis hombres realiza prodigiosas hazañas con el ritmo, la armonía y la melodía, mientras los saxofones quedan más o menos en segundo término ‑o sea lo contrario del procedimiento usual en jazz. Prado completa la actuación con su semigruñido, semigrito ocasional [ ... ]. La combinación es dramática y precisa, pero sin la palpitante pulsación de [Tito] Puente o la bien asimilada mezcla de Machito.[24] 

Pero como parece que el mambo surgió para la polémica, Leonardo Acosta expone un punto de vista que difiere del planteado por Stearns: 

Se ha dicho hasta la saciedad que Pérez Prado logró su peculiar estilo basándose en los ritmos cubanos y en el formato y orquestaciones (o arreglos) tomados del jazz, en particular de la banda de Stan Kenton. Este esquema, difundido hasta por los más sagaces críticos e historiadores del jazz y repetido por los cubanos es cierto sólo en parte y nos impide ver los auténticos logros del gran músico matancero. Porque en su modo de orquestar, Pérez Prado procedió en esencia de manera opuesta a la de Stan Kenton y sus arreglistas. Precisamente en los momentos en que Kenton aumenta su sección de trombones a cuatro y luego a cinco, el cubano emplea un solo trombón que utiliza para efectos como pedales, acentuaciones rítmicas o «gruñidos». La sección de trompetas de Dámaso si llegó a cinco (al igual que Kenton, Woody Herman y otros), pero emplea mucho más los pasajes en unísono, estableciendo un constante contrapunteo con los saxofones.

A su vez la sección de saxos resulta disminuida por Dámaso de cinco a cuatro (elimina un saxo tenor), ya que la cuerda de saxofones es empleada por Pérez Prado casi siempre al unísono y en el registro grave, salvo casos aislados como el solo de saxo alto en Mambo in sax o el dúo de altos en La chula linda. Y el fraseo de trompetas y saxos responde a la polirritmia que establecen la percusión, el contrabajo y el piano. En resumen, que frente a la tendencia de los orquestadores de jazz de empastar cada vez más el sonido de la banda, que llegó a fundir instrumentos de distintas secciones en muchos pasajes (tendencia que culmina en Gil Evans a fines de los cincuenta), Pérez Prado establece diferentes planos. sonoros con dos registros básicos: uno agudo con las trompetas y otro grave con los saxos, ambos en constante contrapunto y con una función más melódico‑rítmica que melódico‑armónica.[25] 

A su manera, la tradición latina se impuso en el Nueva York de la década del 40; las bandas afrocubanas ganaron popularidad y ello coadyuvó a que el mambo se difundiera con cierta celeridad. Fue Mario Bauzá quien consolidó la fusión de nuestra música con el jazz, en tanto que René Hernández, pianista y orquestador de la orquesta de Machito (Afro‑Cubans), llevó los elementos del mambo a dicha banda, cuyo director era Bauzá. Mientras, Chano Pozo fundía su tumbadora con la banda de Dizzy Gillespie en memorable concierto en el Town Hall de Nueva York. A partir de entonces, el jazz tomarla nuevos rumbos a la vez que su influencia se sentirá con más fuerza en la música que se hacia en Cuba.

Cuando Pérez Prado llega a Nueva York, en 1952, el camino estaba expedito para que el mambo se impusiera en esa ciudad; así, los miércoles del Palladium se convirtieron en una fiesta para los gustadores del nuevo ritmo, en la que participaron Pupi Campo, Eddi Carbiá con sus Mamboleros, César Concepción, Marcelino Guerra, Machito y sus Afro‑Cubans, el pianista puertorriquefío Noro Morales, los también boricuas Tito Puente (El Chico del Mambo) y Tito Rodríguez,'y otro cubano: Gilberto Valdés; todos, de alguna manera, hacían mambo.

Tal fue el arraigo de este género en Nueva York, que en 1953 el pianista y orquestador cubano Joe Loco organizó una gira que abarcó las principales ciudades de los Estados Unidos, a la que denominó Mambo‑USA; la gira se repitió en 1954, esta vez con un mayor número de músicos: Machito y sus Afro‑Cubans, Tito Rodríguez, Damirón, Facundo Rivero, César Concepción...

No escaparon a la «fiebre» del mambo músicos norteamericanos como Perry Como, Rosemary Clonney, Les Brown, Charlie Parker, Stan Kenton, Woody Herman, Billy Taylor, Art Pepper, Sonny Rollins, Errol Garner, Carl Tjader, Shorty Rogers, Howard Rumsey, Count Basie, Dizzy Gillespie y otros.[26] De igual modo, el mambo se fue imponiendo en el gusto de europeos y asiáticos, y fueron frecuentes las actuaciones y grabaciones de Pérez Prado en muchas ciudades de Europa, cuando ya era un ídolo en Japón.

De lo hasta aquí expuesto algunas conclusiones debemos sacar: el género musical llamado mambo fue creado por Dámaso Pérez Prado, pues este sólo tomó del mambo de los hermanos López ‑como había hecho Pepe Sánchez con el bolero español‑ el nombre. Por lo mismo, ni el danzón Mambo ni las formas de mambear de la orquesta de Arcaño y otras, se constituyen, desde el punto de vista musical y danzario, en un antecedente del mambo de Pérez Prado; más le debe el chachachá al danzón de nuevo ritmo que el mambo, pues éste, más que el resultado de una evolución de la música cubana, fue una revolución.

En realidad, el mambo tiene más elementos del son que del danzón, y fue Arsenio Rodríguez el músico que mas influyó en su surgimiento; pero si como éste apuntó, el mambo procedía de las fuentes rituales congas ‑algo que ya había advertido Fernando Ortiz‑, «toda la savia de su autenticidad», al decir de Natalio Galán, se reflejaba en lo que Arsenio hacía con su tres. Mas si bien resulta correcto aceptar estos antecedentes «en su novedad», el mambo tomará posteriormente características diferentes a las de sus antecesores, demasiado apegados a sus fuentes folklóricas, lo que determinó que Arsenio Rodríguez se quedara «en el umbral de lo que en el 46 será "mambo a lo Pérez Prado", sin cesar de trasmutarse en posteriores estilos».[27] Lo dicho, sin embargo, no debe hacernos olvidar que Arsenio en el tres e Israel Cachao López con su contrabajo, aportaron «la patente de aquel tumbao que en ritmo cruzado del cencerro prolonga su toque a dos compases que los otros han resuelto en uno y se escuchaba un mambo]».[28]

Hoy, a la vuelta de más de cuatro décadas, el mambo «regresa», pues en menos de un lustro han aparecido acerca del tema, una novela (Los reyes del mambo tocan canciones de amor, de Oscar Hijuelos) y un filme (Los reyes del mambo, basado en la misma novela) donde actúan los artistas más populares del mundo latino de Nueva York. ¿Volverá el mambo a imponerse? Tal parece que si, pues en realidad nunca dejó de tocarse y bailarse,[29] sólo que se «refugió» en clubes nocturnos de México y otros países, pues su difusión en otros medios era cada vez más esporádica, aunque Dámaso Pérez Prado mantuvo su bien ganada fama hasta los últimos momentos de su vida. El mambo regresa, y todo parece indicar que la salsa no será «su última y más sexy expresión».   

 

 Publicado en: La Gaceta de Cuba (La Habana), octubre‑noviembre‑diciembre, 1992.

 

                          

 

 

 


Referencias:

[1] Manuel Cuellar Vizcaíno “La revolución del mambo”. Bohemia (La Habana), 30 de mayo de 1948.

[2] Odilio Urfé.«La verdad sobre el mambo». Inventarlo (La Habana), núm. 3, junio de 1948.

3 Citado por Helio Orovio en: «Arsenio Rodríguez y el son cubano». Revolución y Cultura (La Habana), núm. 7, julio de 1985.

[4] Erena Hernández. «Conversación con Pérez Prado». Eh: La música en persona. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1986.

[5] Mariano Pérez. Diccionario de la música y los músicos. Madrid, Ediciones ISTMO, 1985,3 t.

[6] Argelio Santiesteban. El habla popular cubana de hoy. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1982.

[7] Odilio Urfé. Op. cit.

[8] La cultura musical conga presenta unas formaciones rítmicas a base de períodos musicales cortos que se corresponden con su forma de baile; por otra parte, su organología es de una gran importancia en la evolución de la música cubana, pues tanto la tumbadora como el bongó son de origen congo.

[9] Manuel Cuéllar Vizcaíno. Op. cit.

[10] Erena Hernández. Op. cit.

[11] María Teresa Linares. La música y el pueblo. La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 1974.

[12] Erena Hernández. «Orestes López responde a Pérez Prado». En: La música en persona, cit.

[13] Erena Hernández. «Orestes López responde a Pérez Prado», cit.

[14] Odilio Urfé. Op. cit.

[15] Mario Bauzá llama a este procedimiento «leer de oído».

[16] Odilio Urfé. Op. cit.

[17] Sobre la fecha hay diferentes criterios. Unos dicen que este danzón se escribió

en 1937 y se estrenó en 1938; otros dan como fecha de su estreno 1939. Manuel Villar

afirma que fue en 1940, y fundamenta su argumento en que ese año sé estrenó la

canción del compositor norteamericano Jerome Kern All the Things You Are, que

Orestes ' López incluyó en su danzón Mambo. Antonio Arcaño, flautista y director de

la orquesta donde trabajaba López, sostiene que dicho danzón se estrenó en.11939 y

que un año después se le incorporó la canción. de Kern.

[18] Odilio Urfé. «Danzón, mambo, cha‑cha‑chá». Revolución y Cultura (La Habana), núm., 77, enero de 1979.

[19] Erena Hernández.«Orestes López responde a Pérez Prado», cit.

[20] Leonardo Acosta. «Reajustes, aclaraciones y criterios sobre Dámaso Pérez Prado». Bohemia (La Habana), 29 de septiembre de 1989.

[21] Rosendo Ruiz Quevedo. «El exilio musical de Pérez Prado». Clave (La Habana), núm. 15, 1989.

[22] Alejo Carpentier. Entrevistas. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1985. 

[23] Natalio Galán. Cuba y sus sones. Valencia, Pre‑Textos/Música, 1983.

[24] Marshall W Stearns. La historia del jazz. La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1966. Para una información más amplia sobre la influencia de la música cubana en la de los Estados Unidos, véase: Vernon Boggs. «Rhythm 'N'Blues, American Pop and Salsa: Musical Transculturation». Latin Beat (Nueva York), núm. 1, febrero de 1992.

[25] Leonardo Acosta.«Reajustes, aclaraciones y criterios sobre Dámaso Pérez Prado», cit.

[26] Una lista completa de los compositores norteamericanos que compusieron mambos puede leerse en el artículo de Vernon Boggs citado en la nota 24.

[27] Natalio Galán. Op. cit. 29

[28] Ibidem.

[29] Aunque no comparto su punto de vista, una exposición de cómo debe bailarse el mambo aparece en el artículo de Dennis Simmons «Mambo versus salsa». Latin Beat (Nueva York), núm. 10, noviembre de 1991.

 

 

 

 

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